Marató de Barcelona – Marzo de 2016

Los últimos tres meses he estado 4 veces en Barcelona. La conexión aérea entre la ciudad condal y Frankfurt es realmente buena, mi mejor opción cuando quiero ir a casa sin tener que depositar un riñón o días de vacaciones en el control de seguridad del aeropuerto.
Es una de mis ciudades favoritas de Europa. De hecho, estuve bien cerca de irme allí a vivir hace tres años y medio, pero un cúmulo de maravillosas circunstancias me llevó a iniciar esta etapa alemana que dura hasta hoy.
En aquella época, septiembre de 2012, escribí aquí las 5 cosas que más deseaba (y sigo deseando) hacer en esta vida. Pues bien, desde el domingo pasado puedo tachar del todo otra línea. Esa línea indicaba: Correr las maratones de Barcelona y/o Berlín.
Barcelona ha sido mi sexta maratón. Correr la media maratón allí en 2014 aplacó un poco mi deseo de correr la prueba reina, por lo que en las primaveras de 2014 y 2015 se colaron Viena y París.
Voy a empezar con el típico comentario de los corredores: No llegaba en las mejores condiciones. El tópico de los tópicos, pero es realmente cierto (“sí claro, tú eres diferente al resto!”). El 2 de enero empecé el año a lo grande. Tuve un desafortunado tropezón corriendo por montaña. Además de abrirme la cabeza, me di un golpe en una de las rodillas. Así que, a dos meses vista de la maratón, tuve que estar dos semanas parado. Junto al desagradable y gratuito documento gráfico, adjunto también una imagen que demuestra que en realidad he aguantado demasiados años sin que me sucediese ningún accidente por montaña.

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Además de aquel contratiempo, sufrí dos resfriados que me tuvieron otros diez días parado, por lo que me he presentado a esta maratón con -probablemente-  la menor cantidad de días de entrenamiento de las seis.
Por todo ello, hacer mi mejor marca por las preciosas calles de Barcelona ha sabido a gloria, aunque sólo hayan sido 40 segundos menos que en París hace un año. Sinceramente no me lo esperaba, pero la experiencia y un planteamiento algo más conservador que en París y Berlín (donde se me fue la olla) han compensado la falta de entrenamiento. Al final un 3:25:32 bastante decente, acabando el 3.200 de los 20.000 que corrimos.
Del domingo me llevo muchísimos momentos maravillosos, otro de esos Glory Days que cantaba Bruce Springsteen.

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Para terminar, algunas fotos de mi visita en enero del ESPECTACULAR interior de La Sagrada Familia. Subir a las torres hasta que terminen del todo la basílica es una engañifa, pero el interior te deja petrificado. En definitiva, viva Barcelona, Gaudí, la Marató y la madre que los parió.
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Próxima parada: Jungfrau Marathon

Objetivos 2016

Pues aquí estamos otra vez. Otro año más. Hace poco más de un año me marqué los siguientes objetivos para este 2015:

  • Volver a correr dos maratones
  • Correr la Course Sierre-Zinal y el Cross du Mont-Blanc
  • Ascender al Gran Paradiso (4.061 m)
  • Viaje a la Costa Oeste de EEUU, Himalaya o Patagonia
  • Otro viaje importante de tamaño medio (Moscú, Jordania, Grecia, Egipto…)
  • Ver a The Who

Empezaré por la música. No he visto a The Who, pero sí he visto algo infinitamente mejor, alguien a quién pensaba que ya nunca podría ver: Mr. David Gilmour. Ha sido el concierto más especial de todos los que he asistido a lo largo de todos estos años. Sé que ninguno podrá ya superar aquella noche. Siento que este año sí se cierra una etapa. Ello no quiere decir que deje de ir a conciertos, de hecho este año he asistido a más de los que pensaba, pero intentaré regular un poco las repeticiones. De este año, además de Gilmour, destaco el festival de tres días Night of the Prog, McCartney en Londres, AC/DC, Queen y Foo Fighters. Ha sido la mejor “cosecha” junto a la de 2013. En definitiva, mucho mejor de lo esperado.

La única decepción (como todos los años) ha sido la montaña. Sigo todavía lejos de donde me gustaría estar. Ello no significa que no haya habido progresos: Este año he hecho dos ascensiones interesantes (Almanzor y Half Dome), he mejorado muchísimo como corredor de montaña y he ido varias veces a hacer Boulder/Escalada al rocódromo. En mi primer borrador de las vacaciones del año que viene he dejado una semana para hacer montaña en verano. Las opciones que me vienen a la cabeza son (de más complejas a menos): Mont-Blanc, Monte Rosa, Gran Paradiso, Posets/Perdiguero/Vignemale, tour de las Agujas Rojas y Carros de Foc. Ya se verá.

En relación a correr todo ha salido perfecto: Berlin Marathon, Paris Marathon, Course Sierre-Zinal y Cross du Mont-Blanc. Mi rendimiento ha sido algo irregular, aunque he bajado tiempos en todas las distancias y disciplinas. El punto álgido de la temporada fue la Sierre-Zinal, donde mi rendimiento sobrepasó mis expectativas. En Viena 2014 sentí que me convertía en corredor de maratón. Este año, al cruzar esprintando la meta en Zinal tras 31km y 2.200 metros de desnivel, me sentí -por fin- corredor de montaña. Para 2016 vamos a por la maratón.

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En cuanto a viajes el año ha sido espectacular: Costa Oeste de EEUU, Jordania, Moscú y tres visitas a los Alpes. A ellos hay que sumar: Dublín, París, Madrid, Londres, Estambul, Gredos y un par de viajes por Alemania. Y todavía faltan de aquí a final de año Estocolmo, Sevilla y Córdoba. Por fin he asomado la patita fuera de Europa y, además, por partida doble. Visitar EEUU y Oriente Medio ha sido una experiencia realmente enriquecedora. Para el año que viene sólo puedo pedir mantener el ritmo.

Tras este chorizaco, vamos a dejarle, como todos los años, la carta a los reyes magos:

  • Dos maratones de asfalto: Barcelona y Atenas o Nueva York
  • Jungfrau Marathon
  • Visitar Patagonia, Perú, China o Himalaya
  • Viaje a Japón (ya pleaneado)
  • Alguna ascensión/travesía importante

Maratones 2015: París y Berlín

París y Berlín. 84,39 kilómetros por dos de las ciudades más bonitas del mundo. Casi 7 horas corriendo. Todo ese tiempo da para mucho, claro. Sufrimiento, agotamiento, alegría y emoción. Mucha emoción. Correr en Berlín fue muy especial. Llevaba 3 años soñando con ese día. Después de vivir allí en 2013 el deseo de correrla alcanzó, si cabe, aún mayores proporciones.
Ambas son grandísimas carreras, las dos maratones más multitudinarias de Europa. Aunque los dos recorridos son espectaculares, el de París se lleva la palma. Es fácilmente el más bonito de las cinco maratones que he hecho, y eso que la capital francesa no es una de mis ciudades favoritas de Europa, pero al César lo que es del César.
En París paré el crono en 3:26:10, mientras que en Berlín no tuve el día y me fui hasta el 3:30:57. Este año esperaba verme cerca del 3:20, pero al final no ha podido ser por diversos factores. Uno de ellos ha sido que en verano me he volcado en las carreras de montaña, por lo que la preparación para Berlín no fue la más adecuada. En montaña sí que he dado un salto de gigante este año. Lo cierto es que considero esto mucho más importante que hacer minuto arriba o minuto abajo en maratón, siempre que me mantenga en unos tiempos aceptables, por lo que el año ha sido muy positivo.

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Mientras escribo estas líneas me giro y veo colgadas de la pared de mi habitación las medallas de Frankfurt, Viena, Ámsterdam, París y Berlín. Aún hoy me cuesta creerlo. Cada una de esas medallas encierra mucho más que el simple hecho de haber terminado una carrera de 42.195 metros. Esos cinco días me han proporcionado algunos de los momentos más maravillosos e imborrables que he vivido. A eso se reduce la explicación de por qué corro maratones.
Mi idea sigue siendo no superar la docena de maratones de asfalto. No ha variado en dos años, desde que me estrené en Frankfurt. El día que no tenga Nueva York, Atenas o Londres en el horizonte, sé que me será muy complicado mantener la motivación. Pero bueno, ese momento todavía está lejos. Próxima parada: Barcelona.

Swiss Alpine Davos 30k – Julio de 2015

El Cross del Mont-Blanc de hace un mes me dejó un ligero sabor agridulce. Mi rendimiento estuvo algo lejos de lo que esperaba, por lo que saltaron las alarmas de cara a la durísima Sierre-Zinal (31 km con +2.200m de desnivel), a la que me enfrento en dos semanas. Por ello decidí meter en la planificación otra piedra de toque: La Swiss Alpine Davos, uno de los grandes eventos de trail en los Alpes. Además de realizar otra preciosa carrera, he podido visitar una nueva región de la cordillera, la más importante de las que me faltaban.
La carrera fue el sábado por la mañana. El viernes de camino sufrí más de dos horas de atasco, por lo que -unidas a las 6 del propio viaje- la tarde anterior no fue precisamente relajada. A esto hay que sumar una nula aclimatación, hecho importante, ya que la mayor parte del recorrido transcurre a 1.500 metros sobre el nivel del mar. Teniendo en cuenta ambos factores, esta vez sí que acabé bastante contento. Además, dichos factores no van a existir en la Sierre-Zinal, ya que me he cogido unos días de vacaciones antes de la carrera para llegar descansado y aclimatado. Es el gran evento del año para mí a nivel de superación personal, el paso previo a la maratón de montaña.
La carrera de 30 kilómetros une los pueblos de Davos y Filisur. No se trata de un paisaje de alta montaña, pero aún así  (¡sorpresa!) es de lo más bonito que he corrido. Me vine un poco abajo entre los kilómetros 20 y 27. En los últimos tres kilómetros y por la tarde me di cuenta de que la cabeza había tenido algo que ver, ya que acabé relativamente fresco, tanto que por la tarde hice una excursión de más de 20 kilómetros que no tenía inicialmente planificada. Pero bueno, para eso están las piedras de toque. Respecto a la excursión, recorrí entero el Val Roseg, que acaba en un precioso lago bajo el macizo del Piz Bernina.

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Al día siguiente recorrí el Val Morteratsch hasta el refugio de Boval. Ambos valles están pegados y se adentran de forma paralela en el macizo. La región del Piz Bernina está pegada a St. Moritz, una de las poblaciones más conocidas de los Alpes.
La verdad es que he tenido mucha suerte con el tiempo las dos veces que he bajado este año. Esperemos que para dentro de dos semanas se repita, al menos el día de la carrera.
No tengo mucho que decir, las fotos hablan solas, o eso espero. Lo que podría decir me duele decirlo, pero allá voy. Teniendo semejantes paisajes a 5/6 horas en coche, no tengo ninguna prisa por bajar a los Pirineos. Quiero quitarme las espinas del Perdiguero y el Posets, pero ahora mismo me parece una auténtica locura no aprovechar la oportunidad única que tengo. Por tiempo, distancia y dinero puedo bajar durante el verano varias veces a los Alpes. Es algo que ni siquiera recuerdo haber soñado cuando visité la cordillera por primera vez en 2002. Simplemente parecía inconcebible: Había que hablar alemán y vivir en Alemania, Suiza o Austria. Así que aquí estamos, viviendo esa vida inconcebible.

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Ya he alcanzado la cifra de 30 kilómetros en los Alpes. Se dice pronto, pero eché a andar por este camino hace casi cuatro años. En dos semanas otro paso más.

Cross du Mont Blanc – Junio de 2015

He tenido unos últimos dos meses bastante movidos, por lo que no he podido actualizar el blog hasta hoy. Todavía tengo que escribir sobre la maratón de París, las visitas al Harz, Londres, Estambul y, sobre todo, del viaje de tres semanas por la costa oeste de EEUU. Sin embargo, voy a empezar por el final. Este fin de semana he estado en Chamonix. Catorce horas de ida y vuelta en coche (menos mal que me encanta conducir) han sido un precio muy bajo para los dos días inolvidables que he pasado en uno de los lugares más increíbles de Europa.
El principal motivo del viaje era el Cross du Mont-Blanc, una carrera de 23 kilómetros con alrededor de 1.700 metros de desnivel positivo. La carrera comienza en Chamonix, va hasta Argentiere y desde ahí gira de vuelta y asciende hasta La Flegere. Los últimos kilómetros, que van desde La Flegere hasta la meta en Planpraz, recorriendo el llamado Balcon Sud, son -sin duda- los más bonitos que han sufrido estas piernas en sus más de 50 carreras. Y bien sufridos. Junto con mi primera maratón, ha sido la carrera en la que peor lo he pasado. Diversas son las causas de la pájara descomunal que sufrí, aunque realmente todo se reduce a una conclusión: No estaba lo suficientemente preparado. En la media maratón de Zermatt del año pasado las cosas salieron bastante bien, por lo que me he confiado demasiado para esta. Pensaba que sería ligeramente más dura, pero la diferencia entre ambas carreras es considerable, pese a que Planpraz está a 2.000 metros y Riffelalp a 2.580.
Mis 4:01 horas me situaron algo por debajo de mitad de tabla, en el puesto 733 de 1590. Esperaba hacer alrededor de 3:30. Tampoco es una debacle, pero si quiero hacerlo bien en agosto en la Sierre-Zinal (31km, +2200m) y correr la maratón de la Jungfrau en 2016, me tengo que poner algo más las pilas.
Una última anécdota y ya no os doy más la brasa con el rollo este del corredor amateur que se cree guay. Ya en Chamonix después de la carrera, mientras andaba por la calle principal del pueblo, me crucé con una flecha llamada Kilian Jornet. Él volvía de subir y bajar corriendo el Mont-Blanc. Diferentes niveles y tal…

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La verdad es que ver pasar corriendo -a dos metros- al deportista que más admiro me tocó más de lo que me imaginaba. Sobre todo porque el único que lo reconoció en toda la calle fui yo. No es sólo el deporte que practica, si no la filosofía y el estilo de vida que lleva.
El sábado, poco después de cruzar la meta, las nubes empezaron a tapar las cumbres del valle, por lo que por la tarde me di una vuelta por Chamonix y me dediqué a descansar. El pronóstico del tiempo para ayer domingo era magnífico, y por suerte se cumplió. Me he quitado una de las mayores espinas que tenía clavadas. En este momento no recuerdo haber hecho una excursión más bonita que la subida al Lac Blanc de Chamonix.

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Algo antes de las doce estaba de vuelta en el valle, y oye, no todos los días se está en Chamonix sin una nube en el cielo, así que, ¿para qué volver tan pronto a Frankfurt? Mejor subir a la Aiguille du Midi, ¿no?

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Me llena de orgullo y satisfacción decir que reconocí el Matterhorn y el Monte Rosa sin necesidad de letreros. A 3.842 metros experimenté una mezcla de sensaciones. Por un lado, uno queda abrumado ante una panorámica tan apabullante. Se trata -indiscutiblemente- de uno de los lugares más espectaculares de Europa. Por otra parte, me dolía en el alma ver a la gente llegar de hacer la cumbre del Mont-Blanc. Ascenderlo es el gran sueño de mi vida. Ser un turista entre montañeros que volvían de coronar sus 4.810 metros me daba hasta vergüenza. Pero bueno, acabo de cumplir 29 años, tampoco hay que volverse loco. Este año he hecho el Half Dome, el año pasado las dos cumbres más importantes de Alemania (Zugspitze y Watzmann) y en 2013 Aneto y Monte Perdido. Lo que me preocupa es que no acabo de dar el salto de media a alta montaña. Veremos en 2016…
La próxima entrada será para EEUU.

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Pero eso es otra historia…

Moscú – Abril de 2015

Tras haber visitado el año pasado San Petersburgo, no esperaba ir tan pronto a Moscú. El tema de conseguir el visado para entrar en Rusia hace que a uno se le quiten un poco las ganas de ponerse a organizar el viaje, sobre todo si uno ya ha tenido que lidiar con ello. Sin embargo, mis ganas de ir eran demasiado altas como para que ello fuera un impedimento real.
Unas ganas que para mucha gente pueden resultar -tal vez- excesivas. Recuerdo haber dicho en su momento que prefería, si tuviera que elegir, ir a Moscú antes que a Nueva York. Me fascina la historia de la ciudad. Ante tan buena predisposición, evidentemente la ciudad tenía que gustarme. Creo que, siendo lo más objetivo posible, San Petersburgo es una ciudad más bonita y que, en general, gustará más. Si la persona tiene un mayor interés por el comunismo que por el zarismo, como es mi caso, la elección debería ser tal vez la opuesta. De cualquier modo, dudo que algún país posea una dupla de ciudades de semejante categoría, con una historia y una personalidad tan fuertes.
Una vez dejadas las maletas en el hotel, el destino era muy claro. Son demasiados años queriendo pisar esos adoquines rodeados de edificios rojos. Tras rodear ese gran epicentro del poder en el Este llamado Kremlin, nos dirigimos al museo Pushkin, donde visitamos el edificio que alberga la colección de pintura clásica. Al día siguiente visitaríamos el edificio contiguo, que contiene pintura europea de los siglos XIX y XX. Tiene una de las mejores colecciones de impresionismo que he visto, superior a la del Hermitage.

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El interior de San Basilio es decepcionante, pero todo se perdona a causa de su bellísimo exterior. Al día siguiente la nieve hizo acto de presencia durante todo el día. A pesar de la incomodidad se agradece haber vivido un día así en Moscú. Comenzamos este segundo día visitando el interior del Kremlin, donde destaca su apabullante conjunto de catedrales. El interior de la Catedral de la Asunción es -sin duda- de los más bellos que he visto en mi vida.

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Ante la incesante nieve, decidimos resguardarnos un rato en el interior del GUM, una galería construida un par de décadas antes de la Revolución de Octubre. No sé que hará revolverse más en su tumba a Lenin: las camisetas McLenin con el logo de McDonalds que se venden por la ciudad o descansar eternamente (o hasta el momento al menos) frente a una galería convertida en toda una oda al consumismo. No es que yo sea precisamente Trotski, pero pobre Lenin.

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Después de comer visitamos la Catedral del Cristo Salvador, cuyo interior recuerda a la opulencia de la de San Isaac en San Petersburgo (siendo ésta más bonita en mi opinión). No es el estilo que más me llegue. Tras visitar otro edificio del Museo Pushkin nos dirigimos al pabellón del CSKA de Moscú para ver el partido de Euroliga contra el Olympiakos. Los dos han llegado a la Final Four, por lo que vimos a dos de los cuatro mejores equipos de Europa. Una gran ocasión que no dudamos en aprovechar. Tanto el pabellón como el servicio de catering son de los más cutres que he visto en mi vida. Resulta de locos cuando uno sabe que se trata del equipo de baloncesto en Europa con mayor presupuesto.

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A la mañana siguiente hicimos un primer tour por el metro de Moscú. Posee algunas paradas realmente impresionantes. Una semana más tarde estuve en París. Su metro parecía del tercer mundo al lado del moscovita.

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La última parada de este primer tour era en Park Pobedy, el monumento a la victoria en la II Guerra Mundial. Es una de las visitas imprescindibles de la ciudad. Dos cosas me impresionaron bastante en el lugar: La cantidad de niños con uniforme militar visitando el museo y el que en un museo estatal se vendieran imanes con la cara de Putin, la bandera de Rusia y una frase que decía: “Crimea es mía!”. Choca bastante ver como los moscovitas idolatran de igual forma a personajes tan distintos como Lenin y Putin.

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Después de comer fuimos al monasterio de Novodévichi, patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Tanto en San Petersburgo como en Moscú me decepcionaron bastante los monasterios. Palidecen frente a, por ejemplo, el Monasterio de los Jerónimos o El Escorial. En su cementerio se encuentran innumerables personajes importantes de la historia rusa. Las tumbas aquí mostradas pertenecen a Yeltsin y Bulgakov.

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Después de visitar el monasterio nos encaminamos hacia la universidad, cuyo edificio principal es una de las Siete Hermanas (la más alta, de 240 metros) que se construyeron en tiempos de Stalin.

 

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Por la noche hubo visita nocturna a la plaza roja. Unas horas más tarde, ya por la mañana, salí a correr bien temprano por la ciudad, pudiendo ver varios de los sitios de mayor interés de la ciudad sin prácticamente gente. Una costumbre que espero mantener mucho tiempo, ya que siempre es uno de los grandes momentos de mis viajes.

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Tras la ducha pertinente y el desayuno, fuimos a los monasterios de Danilov y Donskoy, siendo más recomendable el segundo, debido al impresionante interior de su iglesia. Cerca de éste se encuentra Gorky Park, por el que dimos un corto paseo, puesto que tras la nieve de hacía dos días se había convertido en un auténtico barrizal.

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Por la tarde estuvimos en algunos lugares que nos faltaban por conocer, como la preciosa iglesia de Nikitniki (tiene un nombre más largo, demasiado largo…), así como un segundo tour por el metro.

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En nuestra último día nos acercamos a los alrededores de la casa-museo de Bulgakov, visitando los dos lugares en los que tienen lugar las dos grandes escenas de su obra maestra (El Maestro y Margarita). No digo más para no spoilear. Se trata de uno de mis libros favoritos.

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A continuación dimos un paseo por la calle peatonal de Arbat, una de las zonas de tiendas más conocidas de la ciudad.

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Antes de dirigirnos al aeropuerto, hicimos una última visita al lugar que suele ser la principal razón que atrae a conocer esta interesantísima ciudad.

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No voy a decir que es la ciudad más bonita del mundo. No lo es. Pero Moscú es mucho más que simple belleza. Es historia, poder, religión, comunismo, arte, guerra. Imprescindible.

Dublín – Febrero de 2015

¡Qué abandonado tenía esto! Tampoco es que haya ocurrido demasiado desde mi última publicación, allá por noviembre. Bueno, no ha ocurrido demasiado sobre lo que deseara escribir. En diciembre hice un par de viajes por Alemania y pasé las navidades en Alicante. Febrero fue movidito: Viajes a Barcelona, Carnaval de Colonia y Dublín.
La capital de Irlanda era una asignatura pendiente. Ha sido mi tercer viaje a la isla esmeralda. Tal y como esperaba, no resulta una ciudad demasiado interesante a nivel de atracciones turísticas. Lo mejor -sin duda- es el ambiente en los pubs y la Guinness, puesto que, como mucha gente ya sabrá, ésta no sabe igual allí que en el resto del mundo. No me he molestado en buscar la explicación. Lo cierto es que celebré St.Patrick’s Day esta semana en Frankfurt y fue deprimente beberse unas pintas aquí. Aunque no soy muy cervecero, se trata de mi cerveza favorita. Eso sí, aún sin estar como en Irlanda, sigue estando muy por encima del resto en las preferencias de mi paladar.
Una de los lugares más conocidos de la ciudad es el Temple Bar, probablemente el pub más famoso del mundo. Llegamos el viernes a la noche y allí directos nos fuimos tras dejar las maletas en el hotel. A la mañana siguiente paseamos por el centro, visitando el castillo y St. Patrick’s Cathedral.

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Antes de comer hicimos parada en el museo de Guinness, la atracción turística más visitada del país. Tienen el chiringuito bastante bien montado. Su visita resulta bastante divertida y amena. Después de comer intentamos entrar a la catedral de Christ Church, pero no dejaban entrar a la gente pese a ser horario de visitas. Como todos los lugares a visitar ya estaban cerrados a esas horas (antes de las 5, qué bien viven algunos…), decidimos ir a comprar recuerdos y tomar algo. Yo me compré Dubliners, obra de ese mozo tan hermoso de la estatua de más abajo.

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El domingo comenzamos con la visita guiada por la prisión de Kilmainham Gaol, famosa por haber sido lugar de encarcelamiento y ejecución de importantes revolucionarios irlandeses. El peor periodo de la prisión se dio durante la gran hambruna del siglo XIX, en la que Irlanda perdió un alto porcentaje de su población a causa de las muertes por inanición y la emigración. Es una visita muy interesante y muy popular, por lo que es recomendable llegar para el primer turno de las 10 y así evitar las colas que se forman durante el resto del día.

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Nuestra última parada fue en el Trinity College, el único campus de la Universidad de Dublín, en el que los grandes atractivos son el Book of Kells (libro de más de 1200 años de antigüedad) y la biblioteca del campus.

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Dublín, pese a estar muy lejos de ser una de las ciudades más interesantes de Europa, bien merece una visita por su historia y su relevancia en el contexto europeo. Ahora tengo de forma seguida tres fines de semana muy moviditos: Madrid, Moscú (¡por fin!) y, para finalizar, la maratón de París. Antes de ello a ver si saco un rato para escribir sobre mi viaje a Portugal en noviembre del año pasado.