Baviera e Innsbruck – Septiembre de 2009

Estas últimas semanas del año están siendo bastante tranquilas, cosa que se agradece después de un año tan movidito. Eso sí, muchos planes en construcción para 2014: Viena, Suiza, Barcelona, Berlín, Estambul, Pearl Jam, Islandia… Antes de ello, volaré esta semana a Alicante para pasar las navidades en mi tierra.
Aprovechando que no tengo eventos recientes sobre los que escribir, voy a tirar un poco de mi memoria para repasar el único viaje por Europa, en los últimos 6 años, del que no hay entrada.
El motivo principal del viaje era visitar el Oktoberfest de München. Llegamos un jueves a la capital de Bayern. Hasta el fin de semana no comenzaba la gran fiesta de la cerveza, así que teníamos unos días para visitar la zona. El primero se lo dedicamos a la ciudad. No es de las más bonitas de Europa, pero sí que resulta bastante recomendable. Muy interesante la exposición de la Alte Pinakothek.

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El jardín inglés es el pulmón de la ciudad, un espacio enorme por el que paseamos tranquilamente durante un buen rato. Cuando sólo has vivido en Alicante este tipo de lugares te impactan y te atraen. Después de haber vivido en Berlín y en Frankfurt, es más difícil encontrar alguno que lo haga.

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Algo lejos del centro se encuentra el Palacio de Nymphenburg, de construcción muy similar a Schönbrunn, aunque sus jardines no están a la altura de los del palacio vienés. Pero bueno, estar a esa altura es algo ciertamente complicado.

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Desde Munich nos dirigimos en tren hacia Innsbruck, una ciudad por la que sí que siento especial predilección. Van dos visitas y seguro que volveré alguna vez más.

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Antes de regresar a Alemania, ascendimos en telecabina hasta una estación desde la que se obtenía una gran panorámica de la ciudad y de las montañas prealpinas que la rodean.

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La siguiente parada en el camino fue Füssen, un pueblo que no resulta especialmente llamativo.

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La gran atracción de la zona se encuentra a escasos kilómetros del pueblo. Allí están los palacios de Hohenschwangau  y Neuschwanstein, uno de los grandes iconos del país. Fue una lástima que lo cogiéramos en obras aquel año.

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Para el final dejamos la gran atracción del viaje. Hay gente a la que le parece una simple feria/fiesta en versión alemana. A mí me encanta. Lo más gracioso es que por aquel entonces no hacía nada de deporte y no bebía cerveza. Ahora soy corredor de fondo y sí que lo hago. Cuanto menos curioso.

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Esa noche cenamos en la Hofbrauhaus. Es muy turístico y algo caro, pero la comida y el sitio en sí están muy bien.

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Un viaje de los buenos. Tan bueno que, hasta que iba a darle a publicar, no me había acordado de uno de los grandes acontecimientos de mi historial como viajero: Mi primer vuelo cancelado en el extranjero. Una pesadilla que se saldó con un traslado relámpago hasta Basilea para volar varias horas después desde la ciudad suiza. Con el tiempo ha quedado en una simple anécdota.

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