Moscú – Abril de 2015

Tras haber visitado el año pasado San Petersburgo, no esperaba ir tan pronto a Moscú. El tema de conseguir el visado para entrar en Rusia hace que a uno se le quiten un poco las ganas de ponerse a organizar el viaje, sobre todo si uno ya ha tenido que lidiar con ello. Sin embargo, mis ganas de ir eran demasiado altas como para que ello fuera un impedimento real.
Unas ganas que para mucha gente pueden resultar -tal vez- excesivas. Recuerdo haber dicho en su momento que prefería, si tuviera que elegir, ir a Moscú antes que a Nueva York. Me fascina la historia de la ciudad. Ante tan buena predisposición, evidentemente la ciudad tenía que gustarme. Creo que, siendo lo más objetivo posible, San Petersburgo es una ciudad más bonita y que, en general, gustará más. Si la persona tiene un mayor interés por el comunismo que por el zarismo, como es mi caso, la elección debería ser tal vez la opuesta. De cualquier modo, dudo que algún país posea una dupla de ciudades de semejante categoría, con una historia y una personalidad tan fuertes.
Una vez dejadas las maletas en el hotel, el destino era muy claro. Son demasiados años queriendo pisar esos adoquines rodeados de edificios rojos. Tras rodear ese gran epicentro del poder en el Este llamado Kremlin, nos dirigimos al museo Pushkin, donde visitamos el edificio que alberga la colección de pintura clásica. Al día siguiente visitaríamos el edificio contiguo, que contiene pintura europea de los siglos XIX y XX. Tiene una de las mejores colecciones de impresionismo que he visto, superior a la del Hermitage.

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El interior de San Basilio es decepcionante, pero todo se perdona a causa de su bellísimo exterior. Al día siguiente la nieve hizo acto de presencia durante todo el día. A pesar de la incomodidad se agradece haber vivido un día así en Moscú. Comenzamos este segundo día visitando el interior del Kremlin, donde destaca su apabullante conjunto de catedrales. El interior de la Catedral de la Asunción es -sin duda- de los más bellos que he visto en mi vida.

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Ante la incesante nieve, decidimos resguardarnos un rato en el interior del GUM, una galería construida un par de décadas antes de la Revolución de Octubre. No sé que hará revolverse más en su tumba a Lenin: las camisetas McLenin con el logo de McDonalds que se venden por la ciudad o descansar eternamente (o hasta el momento al menos) frente a una galería convertida en toda una oda al consumismo. No es que yo sea precisamente Trotski, pero pobre Lenin.

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Después de comer visitamos la Catedral del Cristo Salvador, cuyo interior recuerda a la opulencia de la de San Isaac en San Petersburgo (siendo ésta más bonita en mi opinión). No es el estilo que más me llegue. Tras visitar otro edificio del Museo Pushkin nos dirigimos al pabellón del CSKA de Moscú para ver el partido de Euroliga contra el Olympiakos. Los dos han llegado a la Final Four, por lo que vimos a dos de los cuatro mejores equipos de Europa. Una gran ocasión que no dudamos en aprovechar. Tanto el pabellón como el servicio de catering son de los más cutres que he visto en mi vida. Resulta de locos cuando uno sabe que se trata del equipo de baloncesto en Europa con mayor presupuesto.

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A la mañana siguiente hicimos un primer tour por el metro de Moscú. Posee algunas paradas realmente impresionantes. Una semana más tarde estuve en París. Su metro parecía del tercer mundo al lado del moscovita.

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La última parada de este primer tour era en Park Pobedy, el monumento a la victoria en la II Guerra Mundial. Es una de las visitas imprescindibles de la ciudad. Dos cosas me impresionaron bastante en el lugar: La cantidad de niños con uniforme militar visitando el museo y el que en un museo estatal se vendieran imanes con la cara de Putin, la bandera de Rusia y una frase que decía: “Crimea es mía!”. Choca bastante ver como los moscovitas idolatran de igual forma a personajes tan distintos como Lenin y Putin.

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Después de comer fuimos al monasterio de Novodévichi, patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Tanto en San Petersburgo como en Moscú me decepcionaron bastante los monasterios. Palidecen frente a, por ejemplo, el Monasterio de los Jerónimos o El Escorial. En su cementerio se encuentran innumerables personajes importantes de la historia rusa. Las tumbas aquí mostradas pertenecen a Yeltsin y Bulgakov.

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Después de visitar el monasterio nos encaminamos hacia la universidad, cuyo edificio principal es una de las Siete Hermanas (la más alta, de 240 metros) que se construyeron en tiempos de Stalin.

 

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Por la noche hubo visita nocturna a la plaza roja. Unas horas más tarde, ya por la mañana, salí a correr bien temprano por la ciudad, pudiendo ver varios de los sitios de mayor interés de la ciudad sin prácticamente gente. Una costumbre que espero mantener mucho tiempo, ya que siempre es uno de los grandes momentos de mis viajes.

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Tras la ducha pertinente y el desayuno, fuimos a los monasterios de Danilov y Donskoy, siendo más recomendable el segundo, debido al impresionante interior de su iglesia. Cerca de éste se encuentra Gorky Park, por el que dimos un corto paseo, puesto que tras la nieve de hacía dos días se había convertido en un auténtico barrizal.

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Por la tarde estuvimos en algunos lugares que nos faltaban por conocer, como la preciosa iglesia de Nikitniki (tiene un nombre más largo, demasiado largo…), así como un segundo tour por el metro.

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En nuestra último día nos acercamos a los alrededores de la casa-museo de Bulgakov, visitando los dos lugares en los que tienen lugar las dos grandes escenas de su obra maestra (El Maestro y Margarita). No digo más para no spoilear. Se trata de uno de mis libros favoritos.

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A continuación dimos un paseo por la calle peatonal de Arbat, una de las zonas de tiendas más conocidas de la ciudad.

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Antes de dirigirnos al aeropuerto, hicimos una última visita al lugar que suele ser la principal razón que atrae a conocer esta interesantísima ciudad.

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No voy a decir que es la ciudad más bonita del mundo. No lo es. Pero Moscú es mucho más que simple belleza. Es historia, poder, religión, comunismo, arte, guerra. Imprescindible.

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