Moscú – Abril de 2015

Tras haber visitado el año pasado San Petersburgo, no esperaba ir tan pronto a Moscú. El tema de conseguir el visado para entrar en Rusia hace que a uno se le quiten un poco las ganas de ponerse a organizar el viaje, sobre todo si uno ya ha tenido que lidiar con ello. Sin embargo, mis ganas de ir eran demasiado altas como para que ello fuera un impedimento real.
Unas ganas que para mucha gente pueden resultar -tal vez- excesivas. Recuerdo haber dicho en su momento que prefería, si tuviera que elegir, ir a Moscú antes que a Nueva York. Me fascina la historia de la ciudad. Ante tan buena predisposición, evidentemente la ciudad tenía que gustarme. Creo que, siendo lo más objetivo posible, San Petersburgo es una ciudad más bonita y que, en general, gustará más. Si la persona tiene un mayor interés por el comunismo que por el zarismo, como es mi caso, la elección debería ser tal vez la opuesta. De cualquier modo, dudo que algún país posea una dupla de ciudades de semejante categoría, con una historia y una personalidad tan fuertes.
Una vez dejadas las maletas en el hotel, el destino era muy claro. Son demasiados años queriendo pisar esos adoquines rodeados de edificios rojos. Tras rodear ese gran epicentro del poder en el Este llamado Kremlin, nos dirigimos al museo Pushkin, donde visitamos el edificio que alberga la colección de pintura clásica. Al día siguiente visitaríamos el edificio contiguo, que contiene pintura europea de los siglos XIX y XX. Tiene una de las mejores colecciones de impresionismo que he visto, superior a la del Hermitage.

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El interior de San Basilio es decepcionante, pero todo se perdona a causa de su bellísimo exterior. Al día siguiente la nieve hizo acto de presencia durante todo el día. A pesar de la incomodidad se agradece haber vivido un día así en Moscú. Comenzamos este segundo día visitando el interior del Kremlin, donde destaca su apabullante conjunto de catedrales. El interior de la Catedral de la Asunción es -sin duda- de los más bellos que he visto en mi vida.

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Ante la incesante nieve, decidimos resguardarnos un rato en el interior del GUM, una galería construida un par de décadas antes de la Revolución de Octubre. No sé que hará revolverse más en su tumba a Lenin: las camisetas McLenin con el logo de McDonalds que se venden por la ciudad o descansar eternamente (o hasta el momento al menos) frente a una galería convertida en toda una oda al consumismo. No es que yo sea precisamente Trotski, pero pobre Lenin.

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Después de comer visitamos la Catedral del Cristo Salvador, cuyo interior recuerda a la opulencia de la de San Isaac en San Petersburgo (siendo ésta más bonita en mi opinión). No es el estilo que más me llegue. Tras visitar otro edificio del Museo Pushkin nos dirigimos al pabellón del CSKA de Moscú para ver el partido de Euroliga contra el Olympiakos. Los dos han llegado a la Final Four, por lo que vimos a dos de los cuatro mejores equipos de Europa. Una gran ocasión que no dudamos en aprovechar. Tanto el pabellón como el servicio de catering son de los más cutres que he visto en mi vida. Resulta de locos cuando uno sabe que se trata del equipo de baloncesto en Europa con mayor presupuesto.

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A la mañana siguiente hicimos un primer tour por el metro de Moscú. Posee algunas paradas realmente impresionantes. Una semana más tarde estuve en París. Su metro parecía del tercer mundo al lado del moscovita.

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La última parada de este primer tour era en Park Pobedy, el monumento a la victoria en la II Guerra Mundial. Es una de las visitas imprescindibles de la ciudad. Dos cosas me impresionaron bastante en el lugar: La cantidad de niños con uniforme militar visitando el museo y el que en un museo estatal se vendieran imanes con la cara de Putin, la bandera de Rusia y una frase que decía: “Crimea es mía!”. Choca bastante ver como los moscovitas idolatran de igual forma a personajes tan distintos como Lenin y Putin.

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Después de comer fuimos al monasterio de Novodévichi, patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Tanto en San Petersburgo como en Moscú me decepcionaron bastante los monasterios. Palidecen frente a, por ejemplo, el Monasterio de los Jerónimos o El Escorial. En su cementerio se encuentran innumerables personajes importantes de la historia rusa. Las tumbas aquí mostradas pertenecen a Yeltsin y Bulgakov.

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Después de visitar el monasterio nos encaminamos hacia la universidad, cuyo edificio principal es una de las Siete Hermanas (la más alta, de 240 metros) que se construyeron en tiempos de Stalin.

 

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Por la noche hubo visita nocturna a la plaza roja. Unas horas más tarde, ya por la mañana, salí a correr bien temprano por la ciudad, pudiendo ver varios de los sitios de mayor interés de la ciudad sin prácticamente gente. Una costumbre que espero mantener mucho tiempo, ya que siempre es uno de los grandes momentos de mis viajes.

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Tras la ducha pertinente y el desayuno, fuimos a los monasterios de Danilov y Donskoy, siendo más recomendable el segundo, debido al impresionante interior de su iglesia. Cerca de éste se encuentra Gorky Park, por el que dimos un corto paseo, puesto que tras la nieve de hacía dos días se había convertido en un auténtico barrizal.

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Por la tarde estuvimos en algunos lugares que nos faltaban por conocer, como la preciosa iglesia de Nikitniki (tiene un nombre más largo, demasiado largo…), así como un segundo tour por el metro.

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En nuestra último día nos acercamos a los alrededores de la casa-museo de Bulgakov, visitando los dos lugares en los que tienen lugar las dos grandes escenas de su obra maestra (El Maestro y Margarita). No digo más para no spoilear. Se trata de uno de mis libros favoritos.

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A continuación dimos un paseo por la calle peatonal de Arbat, una de las zonas de tiendas más conocidas de la ciudad.

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Antes de dirigirnos al aeropuerto, hicimos una última visita al lugar que suele ser la principal razón que atrae a conocer esta interesantísima ciudad.

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No voy a decir que es la ciudad más bonita del mundo. No lo es. Pero Moscú es mucho más que simple belleza. Es historia, poder, religión, comunismo, arte, guerra. Imprescindible.

Dublín – Febrero de 2015

¡Qué abandonado tenía esto! Tampoco es que haya ocurrido demasiado desde mi última publicación, allá por noviembre. Bueno, no ha ocurrido demasiado sobre lo que deseara escribir. En diciembre hice un par de viajes por Alemania y pasé las navidades en Alicante. Febrero fue movidito: Viajes a Barcelona, Carnaval de Colonia y Dublín.
La capital de Irlanda era una asignatura pendiente. Ha sido mi tercer viaje a la isla esmeralda. Tal y como esperaba, no resulta una ciudad demasiado interesante a nivel de atracciones turísticas. Lo mejor -sin duda- es el ambiente en los pubs y la Guinness, puesto que, como mucha gente ya sabrá, ésta no sabe igual allí que en el resto del mundo. No me he molestado en buscar la explicación. Lo cierto es que celebré St.Patrick’s Day esta semana en Frankfurt y fue deprimente beberse unas pintas aquí. Aunque no soy muy cervecero, se trata de mi cerveza favorita. Eso sí, aún sin estar como en Irlanda, sigue estando muy por encima del resto en las preferencias de mi paladar.
Una de los lugares más conocidos de la ciudad es el Temple Bar, probablemente el pub más famoso del mundo. Llegamos el viernes a la noche y allí directos nos fuimos tras dejar las maletas en el hotel. A la mañana siguiente paseamos por el centro, visitando el castillo y St. Patrick’s Cathedral.

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Antes de comer hicimos parada en el museo de Guinness, la atracción turística más visitada del país. Tienen el chiringuito bastante bien montado. Su visita resulta bastante divertida y amena. Después de comer intentamos entrar a la catedral de Christ Church, pero no dejaban entrar a la gente pese a ser horario de visitas. Como todos los lugares a visitar ya estaban cerrados a esas horas (antes de las 5, qué bien viven algunos…), decidimos ir a comprar recuerdos y tomar algo. Yo me compré Dubliners, obra de ese mozo tan hermoso de la estatua de más abajo.

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El domingo comenzamos con la visita guiada por la prisión de Kilmainham Gaol, famosa por haber sido lugar de encarcelamiento y ejecución de importantes revolucionarios irlandeses. El peor periodo de la prisión se dio durante la gran hambruna del siglo XIX, en la que Irlanda perdió un alto porcentaje de su población a causa de las muertes por inanición y la emigración. Es una visita muy interesante y muy popular, por lo que es recomendable llegar para el primer turno de las 10 y así evitar las colas que se forman durante el resto del día.

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Nuestra última parada fue en el Trinity College, el único campus de la Universidad de Dublín, en el que los grandes atractivos son el Book of Kells (libro de más de 1200 años de antigüedad) y la biblioteca del campus.

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Dublín, pese a estar muy lejos de ser una de las ciudades más interesantes de Europa, bien merece una visita por su historia y su relevancia en el contexto europeo. Ahora tengo de forma seguida tres fines de semana muy moviditos: Madrid, Moscú (¡por fin!) y, para finalizar, la maratón de París. Antes de ello a ver si saco un rato para escribir sobre mi viaje a Portugal en noviembre del año pasado.

Copenhagen Half Marathon – Septiembre de 2014

A la vuelta de mis vacaciones por Islandia hice escala en Copenhague para conocer la ciudad, además de correr su media maratón de cara a mi preparación para la maratón de Ámsterdam.
Entre recogida de dorsal, ducha post-carrera, traslado a la salida, etc; no tuve demasiado tiempo de ver el centro (descontando los 21 kilómetros corriendo), pero me gustó bastante lo que vi, por lo que me he quedado con bastantes ganas de volver.
La capital danesa es más grande de lo que imaginaba. Pensaba que sin mapa me arreglaría por sus calles, pero la verdad es que me perdí un par de veces, lo que hizo que viera menos todavía en las 24 horas que estuve por allí.
En cuanto a la carrera, corrí muscularmente tocado (tibial derecho, cortesía de los casi 5.000 kilómetros por Islandia con constantes cambios en el pedal del acelerador) y acabé -lógicamente- bastante peor. Nada serio, en un par de días estaba totalmente recuperado, pero fue lo suficiente para echar al traste mis planes. Bajé del 1:35, quedándome a 11 segundos de mi mejor marca en la distancia La idea era batirla, cosa que en condiciones normales seguro que hubiera conseguido.

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No he tenido un buen último tercio del año (tampoco malo). Para la maratón de Viena fui bastante estricto en la preparación, mientras que estos meses he descuidado -un tanto- un par de aspectos relevantes cuando hablamos de correr la distancia reina del fondo: Descanso y alimentación.
La verdad es que con esa ligera falta de sacrificio me da de sobra para terminar las carreras decentemente… batir marcas ya es otra historia. Soy yo el que tiene que decidir hasta dónde quiere llegar y lo que está dispuesto a sacrificar para conseguirlo. Es algo que he aprendido estos meses.
Volviendo a Copenhague, supongo que dejaré la visita seria a la ciudad para 2016, ya que antes prefiero conocer Estocolmo, Riga, Tallinn o Dublín.

Amsterdam Marathon – Octubre de 2014

Hasta hace una semana, Amsterdam era mi gran asignatura pendiente en Europa Occidental. Recuerdo que cuando visité Bélgica, en septiembre de 2010, la ciudad holandesa era la otra opción candidata. Al final, a causa del precio del vuelo, el viaje a ésta fue aplazado. El hecho de que la de Amsterdam fuese la maratón elegida para otoño de 2014 (decisión tomada hace prácticamente un año) hizo que la espera fuese aún mayor.
Nuestro alojamiento se encontraba junto a la entrada principal del Vondelpark. Tras dejar las maletas, y en vista del mal tiempo existente, decidimos iniciar los 4 días en la región con la visita al Rijksmuseum. El museo se centra en la edad de oro de la pintura holandesa, siendo -para mí- la gran atracción el cuadro de La Lechera de Vermeer.

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Si hay una ciudad que merece el tan manido apodo de La Venecia del Norte, no es otra que Amsterdam. Son innumerables los canales y puentes que recorren sus calles. Pasear por ellas sería una auténtica delicia si no fuera por las endemoniadas bicicletas. Me parece genial que se potencie el uso de la bicicleta y se le de preferencia respecto a los vehículos de motor, pero no me gustó nada el poco respeto que vi hacia los peatones. Los pasos de cebra no existían para los ciclistas.

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El Museo de Ana Frank, pese a la larga cola y a que no he leído el libro, me pareció realmente interesante. Por otro lado, no entiendo a qué viene tanto alboroto con el barrio rojo. Pero bueno, como curiosidad está bien.

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El segundo día comenzó con un paseo por el Vondelpark. El domingo acabaría conociéndolo mejor todavía, ya que la maratón atraviesa el parque dos veces: del 2 al 4 (cuando estás en plan “estoy corriendo una maratón, esto es la leche”) y del 38 al 40 (cuando el discurso cambia a “qué demonios hago aquí, que esto se acabe ya por favor” o “hay gofres con Nutella a la vuelta de la esquina y yo aquí haciendo el gilipollas”).

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A la fábrica de Heineken no entramos. 18 euros me parecen demasiados para ver cómo se fabrica una cerveza que no me gusta. Me guardo mi dinero para cuando visite la de Guinness en Dublín.
He de decir que la ciudad no me llegó a encandilar. Dimos largos paseos por el centro y, aunque es bonita, no me parece una de las ciudades más interesantes de Europa. Llevaba mucho tiempo queriendo ir y las expectativas eran altas, por lo que no pude evitar sentirme algo decepcionado.
Esta semana fui al médico y me confirmó lo que ya sospechaba: Sufro un severo ataque de insensibilidad y agotamiento respecto a la arquitectura centroeuropea. Me ha recomendado viajar el año que viene menos por Europa e irme algo más lejos. “He oído que Yellowstone y Petra molan bastante” fueron sus últimas palabras.

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Lo que sí que no decepciona es el Museo de Van Gogh. No contiene las obras que más me gustan del pintor holandés, pero es una delicia como está montada la exposición.

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El día antes de la carrera (además de pegarme una siestaza) pude visitar dos pequeñas localidades holandesas. En primer lugar fuimos a Zaanse Schans, una especie de Disneyland con molinos de viento. Es bonita, pero me influenció saber que el pueblo se había creado con un objetivo turístico, proviniendo sus casas de otros puntos del país.

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Después de comer estuvimos en la población de Haarlem. No está nada mal, pero ya he explicado la enfermedad que sufro. Ambas se encuentran a escasos 20 minutos en tren desde Amsterdam, por lo que no se requiere demasiado tiempo para su visita.

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Y llegamos al gran día (para mí, para vosotros más rollo aún). A dos semanas vista de la carrera estaba en las mejores condiciones que había estado nunca. Las piernas estaban perfectas y el entrenamiento había sido más exigente que en las dos maratones anteriores. Sin embargo, cometí un error enorme. El fin de semana anterior salí de casa los tres días mal abrigado, por lo que cogí un trancazo importante.
Me parece que los corredores a veces ponemos excusas poco convincentes cuando nos va mal una carrera: hacía algo de viento (esta es de las favoritas), me dolía una uña del pie, había demasiada gente, he dormido mal… Hay que asumir que muchas veces, simplemente, no tenemos el día. De cualquier modo, este no es el caso (“claro, claro, tú eres distinto”). Tuve que ir vaciando mi sistema respiratorio prácticamente a cada kilómetro, además de notar que el cuerpo no tiraba como debía.
Pasé la media maratón ya con un minuto de retraso respecto a lo previsto, sufriendo para mantener un ritmo que queda muy lejos de mi nivel actual. Sinceramente, creía que el resfriado no me iba a pasar tanta factura, pero estamos hablando de más de 3 horas corriendo a un ritmo decente. No estar al 100% se tiene que notar.
Alrededor del kilómetro 25 me di cuenta de que no iba a mejorar mi tiempo en Viena, por lo que decidí tomármelo con calma y castigar lo menos posible las piernas. Me daba lo mismo hacer 3:37, 3:42, 3:45 o 3:48.
Lo más importante era completar mi tercera maratón, algo que hice sin mayores problemas. Siempre se aprende algo en cada carrera. La lección en Amsterdam es clara: Si de verdad quieres mejorar tu tiempo ostensiblemente, tómate en serio todos los aspectos que influyen en la carrera y no hagas tonterías. Para París ya lo sé. Ojalá fuera este domingo, pero me toca esperar cerca de 6 meses.
Respecto a la carrera en sí sólo decir que está organizada de forma brillante y que tiene muchos tramos preciosos, destacando por encima de todos la salida y la llegada en el estadio olímpico. Como carrera seguramente sea mejor que Frankfurt y Viena, aunque es ligeramente menos rápida. De cualquier modo, estamos hablando de tres de las 25 mejores maratones del mundo.

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La Amsterdam Marathon no ha salido como esperaba y deseaba, pero ha sido una grandísima experiencia. Dadas las circunstancias acabé contento. Terminar una maratón sin arrastrarse siempre es motivo de orgullo. En definitiva, otra maratón en el bolsillo, con varios momentos de esos que quedan grabados a fuego en tu memoria.

Cuentas pendientes – Octubre de 2014

En apenas un mes he hecho casi 8.000 kilómetros al volante. Ha sido divertido, puesto que me encanta conducir. Puedo hacerlo durante largas horas sin mayor problema, al menos de momento.
Esta vez he hecho un recorrido visitando algunos de los lugares más emblemáticos de Centroeuropa. La primera parada fue en Colmar, una de mis asignaturas pendientes en Francia. Esta pequeña población está considera como una de las más bellas de la Alsacia. Aunque lo es, no pude evitar sentirme algo decepcionado. Esperaba un pueblo lleno de casitas de madera, pero eso sólo sucede en un par de calles. Habiendo visto ya tantas poblaciones en Europa, tiene que tratarse de algo extraordinario para que me llame realmente la atención.

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La idea era visitar también Berna, pero la falta de tiempo no lo permitió, por lo que nos dirigimos hacia Interlaken sin volver a parar. A la mañana siguiente subimos con el tren hasta la estación de Jungfraujoch. No recordaba que el trayecto fuera tan largo, ya que se necesitan cerca de 2 horas para llegar hasta arriba debido a las numerosas paradas en el trayecto. Aunque es carísimo, si te gusta la montaña, creo que es algo que hay que hacer al menos una vez en la vida. Yo por suerte ya llevo dos. Eso sí, no se pueden comparar. En 2002 me gustaba la montaña, ahora la relación es, digamos, algo más intensa.
Esta vez volví a ascender desde Lauterbrunnen, ya que la subida me parece más bonita que desde Grindelwald. De camino a la estación final, situada a 3.471 metros, se hacen un par de paradas tras hacer el cambio de tren en Kleine Scheidegg: una en la pared del Eiger y otra en el Obers Ischmeer.
He de recalcar el fabuloso tiempo que nos ha acompañado durante todo el fin de semana. Todavía me cuesta creer la suerte que tuvimos. Supongo que esto compensa -con creces- el revoltoso tiempo que soporté en julio, durante mi primera visita del año a los Alpes.

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Al llegar arriba la vista es espectacular. Nos encontramos justo al comienzo del glaciar Aletsch, el más grande de los Alpes. A ambos lados de la estación se levantan el Mönch (4.107 m) y la Jungfrau (4.158 m). A la izquiera queda también el Aletschhorn (4.195 m), la cima más alta de la región. Una panorámica increíble.

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A la bajada paramos en Kleine Scheidegg. Las fotos que hice cuando subí en julio a esta estación salieron mejor, a causa de la luz. El gran atractivo aquí es la impresionante cara norte del Eiger, aunque el Mönch y la Jungfrau tampoco se quedan atrás en cuanto a belleza. Las tres juntas forman una de las postales más famosas de los Alpes.

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Esa noche dormimos en Randa, un pueblo situado a escasos kilómetros de Täsch, desde donde se coge el tren a Zermatt. Durante el viaje, lo primero que hacía nada más levantarme era conectar por internet con las livecams del destino. Ambas mañanas me lleve una más que agradable sorpresa: Una ausencia total de nubes.
Aunque únicamente habían pasado dos meses desde que corrí la media maratón de Zermatt, visitando “gratis” Gornergrat, mereció totalmente la pena pagar los 70 euros del tren, ya que el tiempo fue -como he comentado- inmejorable. No he echado la cuenta de las fotos que le hice al Matterhorn, pero digamos que me desquité de lo de julio.
Para los que conocemos y nos gusta la montaña se presentan ante nosotros los mejores 360º de los Alpes: Matterhorn, Monte Rosa, Weißhorn, Breithorn, Liskamm, Dent Blanche… así hasta alrededor de 30 cuatromiles. En un día despejado es totalmente insuperable.

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De camino a Bayern me quité la mayor espinita que se me quedó en julio. Volví a coger el telecabina hasta el Eggishorn, aunque esta vez sin la compañía de las nubes. Se trata de la otra gran panorámica del Aletsch. Aquí se pueden contemplar -en toda su extensión- los 23 kilómetros de longitud que tiene la lengua. En 2015 (si no consigo plaza para el Mont-Blanc Cross) o en 2016 espero correr la media maratón que recorre el borde del glaciar, la Aletsch Halbmarathon.

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La última parada del viaje fue el gran clásico cuando se recibe visita: Neuschwanstein. Es la cuarta vez que lo veo, pero la verdad es que tampoco es algo que me canse, ya que ahora me llena de orgullo y satisfacción ver la reacción que causa en la gente contemplarlo por primera vez.

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Este año he estado cuatro veces en los Alpes. Es una de las principales razones por las que me mudé de Berlín con destino a Frankfurt, y la verdad es que la decisión cada vez parece más acertada. El año que viene espero bajar, al menos, otras tres veces más: Dos carreras y una ascensión.
El último mes y medio ha sido increíble: ascensión al Zugspitze, Allgäu Halbmarathon, Islandia, Copenhagen Half Marathon, ascensión al Watzmann, Berchtesgaden National Park, Route du Vin Semi-Marathon, Colmar, Jungfraujoch, Gornergrat y Neuschwanstein. El ritmo ha sido algo peligroso para mi cartera, aunque la señorita ha aguantado más o menos bien. Pero bueno, también ha sido el mes de mis vacaciones. De todas formas se trata de mi primer año trabajando en el centro de Europa. Estaba muy claro que me iba a cortar bien poco.

Islandia – Septiembre de 2014

Hace cerca de dos años cerré la crónica de mi viaje a Noruega con la siguiente frase:

“Si cuando visite (o eso espero) la Patagonia, Islandia, Nueva Zelanda, Costa Oeste de EEUU o el Himalaya; experimento las mismas sensaciones que en Noruega, me daré por satisfecho.”

Con el tiempo no son los recuerdos lo único que se difumina, sino también las sensaciones. Durante los últimos meses, al estar ya confirmado que iba a realizar el viaje a Islandia, perdí un poco la perspectiva de la envergadura del viaje que iba a realizar. No era consciente de que no se trataba de un viaje más, sino que iba a visitar uno de los rincones del planeta que más me atraía desde hacía unos cuantos años.
También recuerdo que mis compañeros por tierras islandesas, tras leer la frase de arriba, me expresaron su escepticismo ante la posibilidad de llegar a visitar alguno de esos destinos. Pues bien, ya hemos pisado la tierra del hielo y el fuego. Por mi parte, a mi yo de hace dos años he de decirle: Tranquilo, estamos más que satisfechos. Islandia, como era de esperar, no decepciona.
Yo llegué a Reikiavik un día antes que mis padres. Mi idea inicial era visitar durante ese día Glymur (la cascada más alta del país), pasar unas horas en la capital y posteriormente relajarme en el Lago Azul. Días antes de volar cambié de parecer y decidí irme a entrenar corriendo por el Fimmvörðuháls, una de las travesías más famosas del país. Une las zonas de acampada de Thórsmörk y Skógar. Como días más tarde iba a dormir dos noches en Skógar, mi intención era correr por la zona de Thórsmörk. Lo que no supe hasta que me encontraba a escasos kilómetros del lugar, es que para llegar hasta Thórsmörk hay que atravesar un río con un autobús anfibio que lo cruza tres veces al día. Así que, sobre la marcha, me tocó improvisar. Fui hasta Skógar para entrenar por el otro extremo del Fimmvörðuháls.
Realicé el primer tercio del recorrido. Mi intención era llegar más lejos, pero una espesa niebla hacía que no mereciese la pena continuar. Aunque días más tarde volvería a realizar el mismo recorrido (esta vez sí alargándolo), no recuerdo ese día como una perdida de tiempo. Fue la primera vez que esa Islandia que hasta entonces sólo estaba en mi imaginación se convertía en real. Es difícil describir lo bien que me lo pasé corriendo por semejantes paisajes. La lluvia, el frío y el barro poco me importaban. Fue uno de esos días que se clavan en la memoria para siempre.

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Como disponía aún de bastante tiempo antes de que aterrizasen mis padres, decidí introducirme en dirección a Thórsmörk con el 4×4. Avancé hasta que, tras atravesar un par de riachuelos, me topé con un río algo más serio. El último día del viaje seguro que lo hubiera cruzado, pero el primero me dio algo de respeto.
Aprovecho para recalcar la importancia de un 4×4 en una visita a Islandia. Sin él no se puede llegar a los sitios más bonitos que nosotros vimos, ya que se accedía por las famosas carreteras F. Por si esto no fuera poco, muchas de las carreteras de gravilla, a las que supuestamente se puede acceder con turismos, estaban incluso peor que algunas F. Perdí la cuenta de los no 4×4 con ruedas pinchadas en la cuneta. En definitiva, con un turismo me parece que se obtiene una versión bastante sesgada del país y, además, pasándolo mal en algunos tramos.
El primer día terminó con baño en el Lago Azul. Me parece excesivamente caro. Si se va a estar por el norte, los baños de Mývatn resultan una mejor opción, por no hablar de los baños naturales como los de Landmannalaugar. Me quedé realmente con ganas de meterme al agua allí.

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Por si la amenazante actividad volcánica del Bárðarbunga (Bunga Bunga para los amigos) en los días previos a nuestros vuelos no hubiera sido suficiente para nuestros corazones, se acercaron a recibirnos a Islandia los últimos coletazos de un huracán. Creo que no he conducido nunca en peores condiciones.
Nuestra primera parada fue en el Þingvellir National Park, el único lugar del país que es Unesco World Heritage. La razón no es otra que su importancia histórica, ya que allí se fundó el parlamento islandés, aunque -si se le pregunta a todo el mundo que la visita- el verdadero atractivo de la región es la falla que separa las placas tectónicas de Euroasia y Norteamérica.

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Cerca de Þingvellir se encuentra uno de los grandes iconos del país: Strokkur. Este géiser expulsa una columna de agua bien calentita cada cinco minutos, más o menos. A pocos metros de éste está Geysir, el primer gran géiser descubierto en el planeta. Llegó a alcanzar los 170 metros de altitud, según cuenta la leyenda. Sin embargo, desde principios de milenio se encuentra de vacaciones en el Caribe.

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A pocos minutos del géiser hay otra parada obligatoria: Gullfoss, la primera gran cascada del país que pudimos contemplar. Es algo que realmente impresiona, ya que en Europa Continental no existe nada así.

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A la mañana siguiente nos dirigimos desde Laugarvatn, donde se encontraba nuestro alojamiento, hacia el interior del país. En medio de la nada se encuentra la región de Kerlingarföll. La salvaje tromba de agua que nos cayó importó un pimiento, ya que ante mis ojos se encontraba uno de los paisajes más bellos que éstos han podido contemplar. Lo realmente malo fue que, al estar la ropa totalmente empapada, tuvimos que renunciar a ir a Hveravellir y volver al alojamiento nada más terminar nuestra visita a Kerlingarföll.

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De vuelta al alojamiento tuvimos el susto del viaje. En medio de la nada, en la F35, nos encontramos un 4×4 volcado. El accidente acababa de ocurrir, ya que los ocupantes estaban saliendo del coche. Por suerte ninguno de ellos tenía ni un rasguño. De todas formas, tuve que salir de la nada, llamar al 112 y pedir asistencia mediante el inglés más lamentable (a causa de los nervios) que he hablado durante los últimos tiempos.
Al día siguiente esperaba otro de los grandes atractivos del viaje: Landmannalaugar. Éste y Kerlingarföll son las principales razones por las que alquilé un 4×4. Tras una larga aproximación hacia el interior del país, comienzan a vislumbrarse los primeros retazos del paisaje que nos espera.

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Al llegar a la zona de acampada de Landmannalaugar el festival de colores se desata. Nosotros hicimos una pequeña ruta circular que nos permitió hacernos una idea de la región, ya que no disponíamos del tiempo suficiente para realizar la Laugavegurinn (55 km), la travesía más famosa del país. Nuestro camino comenzaba con la ascensión al Bláhnúkur, conocida como la montaña azul. Al llegar a la cima la vista de 360º es indescriptible.

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Desde la cumbre iniciamos el descenso en dirección a Brennisteinsalda, la montaña roja. Ese día me volví loco con la cámara. En un único día hice las mismas fotos en Landmannalaugar que en cinco en la preciosa Estambul.

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Desde la cima del Brennisteinsalda las vistas vuelven a ser espectaculares. En tan sólo tres días ya estábamos completamente enamorados de Islandia. Desde la cumbre descendimos de vuelta a Landmannalaugar. Aunque no fue un día soleado, no llovió, por lo que no nos podemos quejar del tiempo.

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Prometo que he reducido el número de fotos de la excursión al mínimo. El impacto inicial de Kerlingarföll fue de las sensaciones más fuertes que he experimentado en un viaje, pero la región de Landmannalaugar fue lo que más me gustó de lo que pude ver en Islandia (no se nota nada, lo sé).
Desde este maravilloso lugar nos dirigimos hacia la costa. Teníamos dos noches de alojamiento en Skógafoss. De camino a allí paramos en la cascada de Seljalandsfoss, famosa por poder pasar por detrás de ella. Aunque ésta es bonita, unos kilómetros hacia el este se encuentra la que, para mí, es la cascada más bonita del país: Skógafoss.

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Al día siguiente hice mi segunda incursión por el Fimmvörðuháls. El tiempo empezó bastante amable la jornada, pero poco a poco fue peligrosamente acercándose al que tuve en la primera visita. All llegar al puente que marca el primer tercio de la travesía (donde me di la vuelta el primer día) la historia era bien parecida, pero ese día ni un tren me paraba en mi camino hacia la zona de la erupción del Eyjafjallajökull, el paso del Fimmvörðuháls propiamente dicho. En mi camino, recibí incluso dos advertencias de que me diera la vuelta (en plan película de terror), ya que -según ellos- hacía mucho viento, frío y lluvia. Vamos, que arriba me esperaba Noé con la barca.

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Por suerte, esta vez mi testarudez fue una virtud, ya que difícilmente -pese a la niebla- volveré a ver un lugar así en mi vida. También he de decir que sin mi chaqueta North Face y sin mis Salomon Speedcross la barbaridad que hice ese día hubiera sido difícil de realizar. Son prendas caras, pero recuerdo pocas inversiones más rentables. Aquel día debí hacer unos 35 km, alrededor de 20 de ellos corriendo, superando en la jornada unos 1.000 metros de desnivel. Ayer corrí 31 kilómetros (incluyendo una media maratón) y hoy estoy menos cansado que tras ese increíble día.
A causa de la niebla, las fotos no lograron captar para nada lo que pude contemplar. Naturaleza en estado puro. Con la erupción del Eyjafjallajökull en 2010 todavía muy reciente, el paisaje es desolador y, a la vez, hipnotizador. Un paraíso de ceniza y lava petrificada. Allí se encuentran las dos montañas más recientes del planeta. Más bien son colinas, pero queda guay llamarlas montañas.

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Una experiencia memorable. La anécdota de la jornada fue que cogí varias piedras de distintos colores para mi familia, con el fin de poder demostrar/compartir mínimamente lo que había contemplado. Durante la bajada la lluvia no cesó. Al llegar abajo, cuando fui a enseñarles las piedras a mis padres, éstas -a causa del agua- se habían convertido prácticamente en barro. Me pasó como con el Santo Grial en Indiana Jones y la Última Cruzada. Fue gracioso la verdad: “¡En serio! ¡Eran amarillas, rojas, violetas y negras!”
Por la tarde fuimos hacia la costa. En primer lugar nos acercamos a la lengua Sólheimajökull del glaciar Mýrdalsjökull. Supongo que no hace falta recalcar que todos estos nombres tan raros los estoy buscando en Google. Yo creo que los islandeses -con una previsión milenaria- pusieron los nombres de los sitios con vista a potenciar la marca Islandia de cara al turismo. Nadie se acuerda de ningún nombre en concreto, sólo de que Islandia mola mazo.
La lengua no es especialmente bonita, pero es famosa, ya que -al ser fácilmente accesible- se realizan expediciones diarias para andar por ella. Desde allí fuimos al pequeño cabo situado al oeste de la playa de Reynisfjara, considerada una de las más bonitas del mundo. Para terminar el día fuimos a cenar al restaurante Strondin en Vík í Mýrdal, el cual recomiendo.

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A la mañana siguiente regresamos a la zona. Comenzamos visitando el cabo de Dyrhólaey, famoso por el arco que se ha formado en su roca. Desde allí las vistas del Mýrdalsjökull y del Eyjafjallajökull son espectaculares.

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Posteriormente visitaríamos la playa de Reynisfjara en sí. Ese día sería el único del viaje en el que conseguimos ver frailecillos, puesto que, al tratarse de septiembre, habían abandonado ya el norte del país.

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Por la tarde realizamos otra excursión de unas 5 horas. Se trata de un recorrido que parte de la zona de acampada de Þakgil hasta el corazón del Mýrdalsjökull. Aunque posteriormente íbamos a visitar el Vatnajökull, en el Mýrdalsjökull se produce un contraste de colores que no existe en su hermano mayor, por lo que la excursión resulta muy recomendable. Además, yo llegué hasta la misma base del glaciar, pudiendo tocarlo incluso con los dedos. No es que no haya visto ningún glaciar en mi vida, pero desde luego no había tenido delante, hasta ese momento, un monstruo de hielo de semejantes proporciones.

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Considerando el recorrido que hicimos, la única espina que se me quedó fue no visitar Lakagígar, la zona donde, en 1783, se registró la erupción más devastadora de la que hay registro. Si alguna vez vuelvo al país será la prioridad número 1 junto a Hornstradir.
El siguiente día fue bastante relajado. Recorrimos la zona sur del Vatnajökull, donde la gran estrella es el lago Jökulsárlón. La imagen de los pequeños icebergs reflejados en el agua es una de las estampas más conocidas del país. También resulta muy curioso contemplar los trozos que quedan varados en la orilla, una vez que salen del lago hacia el Océano Atlántico.

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A escasos kilómetros de éste se encuentra el lago Fjallsárlón, menos bonito, pero -en cierto sentido- más espectacular, ya que la lengua está mucho más cerca.

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A continuación tomamos un barco que nos condujo por el interior del Jökulsárlón. Es de lo más típico que se suele hacer cuando se visita el país, aunque yo personalmente considero que no se obtiene una experiencia que aporte demasiado al viaje. Contemplar los icebergs desde la orilla es, sin duda alguna, lo más bonito de la visita al lago.

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Después de comer visitamos la población de Höfn. A nivel general las poblaciones de Islandia (esta no es una excepción) son excesivamente poco interesantes. Vamos, que son una merde pinchada en un palo. Menos mal que luego la impresionante lengua Hoffellsjökull nos quitó el amargo sabor dejado por tan bella población.

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Al día siguiente hicimos la última gran excursión del viaje, en el sentido de desnivel y horas caminando. Se trata de una ruta circular por el Skaftafell National Park. Antes de que se integrara en el Vatnajökull National Park, esta región ya era un parque nacional por sí sola. La primera parte del sendero bordea la Skaftafellsjökull, de ahí el nombre del parque. Esta impresionante lengua se encuentra junto al Hvannadalshnúkur, la cumbre más alta de Islandia.

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Dentro de la ruta se puede tomar un desvío para ascender hasta la cumbre de Kristínartindar (1.125 m). Es muy recomendable, ya que la panorámica desde ésta es realmente impresionante.

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En el descenso, de vuelta al centro de visitantes del parque, se encuentra la cascada de Svartifoss. A mis compañeros les decepcionó. No es tan espectacular como otras del país, pero a mí me pareció ciertamente original y bonita.

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A esas alturas llevábamos ya una semana de viaje. Siete días no me parecen suficientes para conocer el país con un mínimo de profundidad. Nuestro octavo día fue de transición. Nos dirigimos hacia la zona de Mývatn recorriendo la parte este del país. Durante el camino hicimos una serie de paradas para conocer algo de aquella región. La primera de ellas fue en Stokksnes, al este del “inolvidable” pueblo de Höfn.

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