Croacia – Verano de 2013

La secuencia de mis últimos viajes veraniegos ha sido bastante curiosa. En 2010 fuimos a París. La idea original era ir a Noruega, viaje que estuve preparando, pero el estallido de aquel volcán islandés -de nombre impronunciable- hizo variar los planes. Al año siguiente estuve mirando cosas de los Dolomitas, pero fue finalmente el año de Noruega. El año pasado estuvimos por los maravillosos Alpes y Dolomitas. Mi idea era que nos adentráramos hasta Croacia, pero la falta de días no lo permitió. Así que, efectivamente, este año ha sido el turno de Croacia. El año que viene el lugar que seguiría esta tradición sería Islandia, pero, al haberme sacado por fin el pasaporte, posiblemente sea la hora de salir del viejo continente. Ya se verá.
De Berlín volamos a Zagreb, ciudad a la que llegamos bien temprano. No fuimos ese día a la capital croata, si no que nos adentramos en Eslovenia. Mi idea era volver a visitar las cuevas de Skocjan, así como las de Postojnska, éstas por primera vez. Tras visitar Postojnska, consideré que no merecía la pena que mis compañeros visitaran Skocjan, ya que las primeras son absolutamente impresionantes.

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Al no visitar Skocjan, variamos la hoja de ruta y nos fuimos a Trieste. No es una ciudad especialmente destacable. Lo más remarcable fue ver cómo el temporal azotaba el puerto, así como el helado que pudimos saborear allí.

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Ya de vuelta en Croacia, hicimos una parada en Grožnjan, pueblo que recomiendan en casi todas las guías. Lo mejor son las vistas del pueblo desde la carretera, de lo que lamentablemente no tengo ninguna foto.

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Tras visitar tranquilamente dicho pueblo, nos encaminamos hacia Porec, nuestra primera toma de contacto con la costa croata. Antes de dormir allí aquella noche, dimos un paseo por su puerto. Recuerdo las sensaciones que me produjo el poder volver a disfrutar de una calurosa noche de verano mediterránea. Uno no puede evitar sentir cierta nostalgia mientras resuenan en su cabeza los ecos de lo que cantaba Serrat. Sólo llevo unos pocos meses en Alemania. Más que por lo que llevo fuera, en situaciones así suele invadir mis pensamientos el futuro, un futuro lejos de casa. Tengo la sensación de que no voy a volver a vivir en Alicante y, aunque estoy extremadamente contento con el rumbo de mi vida, es mi patria y me duele esa casi certeza.
Volviendo a Croacia, la gran atracción de este bonito pueblo costero es su basílica del siglo VI, de estilo bizantino. Fue el primero de los varios patrimonios de la humanidad del país que pudimos visitar.

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La basílica me gustó mucho, muy diferente a todo lo que había visto hasta ahora en Europa.

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Nuestra siguiente parada fuer Rovinj, cuya figura se levanta sobre el Adriático de forma espectacular. Sus estrechas y empinadas calles me recordaron muchísimo a las del Mont Saint-Michel.

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La siguiente parada en el camino fue la localidad de Pula, cuyas mayores atracciones son su anfiteatro y su Templo de Augusto, ambos de origen romano y en un estado de conservación extraordinario.

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La última parada del día fue en el Parque Nacional de Kamenjak, famoso por sus acantilados. En la montaña me sobra valor que en sitios como este me falta. Aún así, es el salto más grande que he dado en lugares así, unos 6 metros.

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A la mañana siguiente salí a correr a primerísima hora. Habíamos dormido en la pequeña y tranquila localidad de Klenovica. Al terminar el entrenamiento me di un baño en las cristalinas -y, a esas horas, frías- aguas de su playa. No hay mejor forma de empezar un día.
Tras desayunar, proseguimos nuestro camino hacia el sur. Nuestro primer alto del día fue en el Parque Nacional de Paklenica, donde nos adentramos durante algo más de una hora por el mayor de sus cañones. A mis compañeros de viaje les gustó bastante. Yo, por mi parte, creo que he visto demasiados lugares de montaña como para que me sorprendiese.

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Nuestra siguiente parada fue Zadar, una ciudad que me decepcionó, pese a que ya iba sobre aviso de que no hacía justicia a la fama que tiene. Lo mejor de la ciudad fue escuchar el órgano construido junto al mar, cuyas notas son generadas por el vaivén de las olas.

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Nuestra última parada del día fue Sibenik, cuya catedral es también patrimonio de la humanidad. Se trata de la construcción renacentista más importante del país. Más allá de eso, es uno de esos templos religiosos difíciles de encontrar, diferente y singular.

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Sibenik me parece una población mucho más imprescindible que Zadar.

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Esa noche dormimos junto al Parque Nacional de Krka, al que nos dirigimos a primera hora de la mañana. Es un lugar tremendamente espectacular. Las fotos hablan por sí solas. Para mí, el momento álgido del viaje.

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En nuestra continuación hacia el sur del país, pudimos seguir contemplando a lo largo de la costa croata aguas y pueblos realmente vistosos.

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Paramos a comer en Trogir, otro de los patrimonios de la humanidad del país.

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Nuestro destino final del día era Split, el punto más al sur al que llegaríamos. Desechamos la idea de bajar hasta Dubrovnik, ya que está a tres horas de Split y nos hubiera supuesto una excursión de un día con demasiadas horas de coche. Ya tendré tiempo de ir y visitar la zona en el futuro.
El Palacio de Diocleciano, que se alza en el mismo centro histórico de Split, es también patrimonio de la humanidad. Este monumento romano se construyó entre los siglos III y IV d. C. y convierte a la ciudad en la más interesante de las que pudimos visitar.

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Esa noche nos enteramos de que el Hajduk Split jugaba la fase previa de la Europaleague, así que decidimos pagar los once euros de la entrada para verlo perder con un equipo georgiano. Y luego la gente se mete con el Hércules… El público croata anima muchísimo más que el español, fue impresionante verlos botando todo el rato pese al espectáculo lamentable que daba su equipo sobre el césped. Eso sí, también bebían mucha más cerveza. MUCHA.

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A la mañana siguiente fuimos al puerto para coger el ferry a la isla de Vis, desde donde visitaríamos la Cueva Azul de Bisevo. El ferry no es precisamente barato, a la altura de los noruegos. La visita a la cueva también es cara, unos 20 euros desde Vis. Por todos los gastos que acarrea, creo que no es una visita demasiado recomendable. La cueva es muy bonita, pero únicamente se está dos minutos dentro. Respecto a lo que son las islas, no creo que aporte mucho más que quedarse un día por la costa en tierra firme. Me recuerda a la frase del personaje de Roy Scheider en Tiburón, Brody: Es sólo una isla si se la ve desde el agua.

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Eso sí, ver atardecer en el ferry no estuvo nada mal.

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Antes de comenzar el regreso hacia Zagreb, aproveché la última mañana en Split para salir a correr al amanecer y así recorrer solo sus preciosas calles.

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Y llegamos al Parque Nacional de Plitvice, el último patrimonio de la humanidad que visitaríamos, considerado uno de los lugares más bellos de Europa. Lo dejé para el final porque esperaba que me resultara lo mejor del viaje. Con unas expectativas tan altas no es de extrañar que me decepcionase un poco. Es un lugar realmente bonito, pero creo que la gran cantidad de gente, el calor y el bajo nivel de agua de las cascadas no ayudó. A ver si puedo volver en una época menos turística y calurosa. Aún así, viendo las fotos, habrá quien piense que estoy como un cencerro.

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En nuestra última mañana decidimos hacer una incursión por Bosnia, donde todavía resuenan los ecos de la infame Guerra de los Balcanes. Lo más interesante de esta poco fructuosa excursión fue contemplar el cambio de paisaje al cruzar la frontera. No a causa de la naturaleza, si no porque en cada población, en lugar de una iglesia, el viajero puede observar el perfil de una mezquita. Curioso ver como la frontera política coincide con la religiosa.

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La última parada del viaje fue Zagreb, la capital del país, que posee una arquitectura típica del centro de Europa y, por lo tanto, muy alejada de la del resto de las ciudades del país. He de decir que Zagreb me sorprendió gratamente. No me importó tener que tirar de mis compañeros de viaje por sus calles, los cuales deseaban poner rumbo al aeropuerto, donde la sorprendente presencia de unas hamacas nos hizo la noche mucho más llevadera.

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En definitiva, Croacia es un país con posibilidades para todos los gustos y que no decepciona. Espero regresar en no demasiado tiempo a su región más meridional.

Roger Waters, Praga – Agosto de 2013

El dicho ya lo avisa, no hay dos sin tres. Sin embargo, cuando finalizó el concierto de 2011 en Madrid, me invadió la sensación de que era realmente la última vez que le vería. Por suerte, al final no ha sido así. Hace unas tres semanas pude ver -otra vez- al único miembro de Pink Floyd que continúa en activo, esta vez en Praga. El show es prácticamente un calco de lo que pude ver hace dos años, únicamente se han mejorado las proyecciones de In The Flesh.

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He visto públicos fríos en Alemania, pero lo que viví en Praga es otro nivel. Era más bien gélido. Los debieron traer en vagones directamente desde Siberia. Sin duda se trata del público más impasible con el que me he topado. En el intermedio entre las dos partes, estuve cachondeándome del tema con dos italianos que tenía al lado. Se notaba que no encajábamos allí. Ni ellos ni mis hermanos. Poder ver sus reacciones a lo largo del concierto era uno de los grandes alicientes de la noche.

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El momento álgido del concierto es, para mí, Comfortably Numb: Una de mis canciones favoritas. A partir de ahí, el apabullante despliegue visual del show te deja sin palabras. No es un simple concierto, es una experiencia única e incomparable. Ojalá pueda volver a ver al señor Waters sobre un escenario. Me ha dado tres de las mejores noches que he vivido.

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Cerrado por vacaciones

A la espera de mi traslado a Frankfurt, para comenzar a trabajar allí en septiembre, estoy aprovechando este mes para acercame a algunos rincones de Europa, además de hacer de guía turístico por mi querida Berlín. Croacia, Praga, concierto de Roger Waters, Baviera, Suiza Sajona, Dresden, Berlín, Pirineos, Alicante… Un mes muy intenso que no me deja tiempo para escribir. En septiembre detallaré las aventuras a lo largo de este fabuloso mes.

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Amanecer en Berlín

Lo había hecho ya en Cracovia, Escocia, Irlanda, Venecia, Alpes… Me quedan muy poquitos días en Berlín. No podía irme de esta maravillosa ciudad sin enfundarme mis Asics, ponerme los cascos y lanzarme a la calle a las 6 de la mañana. Un entrenamiento de 17 kilómetros recorriendo solo el histórico centro de la ciudad. Bueno solo no, resulta reconfortante cruzarte con decenas de corredores a las 7 de la mañana.

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El punto álgido de la ruta es, lógicamente, Pariser Platz. Poder estar solo frente a la Puerta de Brandenburgo, empapado en sudor, habiéndose ganado uno el obtener esa imagen, es un recuerdo imborrable.

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A las 7:30 la luz era mejor en Pariser Platz, pero ya había una decena de turistas, por lo que era imposible sacar la plaza sin gente. Sí que era factible obtener un plano más corto de la puerta sin gente de por medio.

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Adoro esta ciudad. Me chifla la música. Amo correr. Hoy todavía un poco más después de una experiencia como la de esta mañana.

Gärten der Welt

El parque de los Jardines del Mundo se encuentra situado relativamente lejos del centro de Berlín. Para visitarlo hay que adentrarse en la parte este durante más de media hora. Puede no parecer demasiado, pero estando allí la sensación es de que estás en otro mundo, concretamente en una ciudad dormitorio soviética, compuesta de bloques cuadrados de viviendas bastante alejados entre sí. Visitando zonas como esta, cuesta creer que la densidad de población de Berlín sea más del doble que la de Alicante.

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Hoy nos hemos tirado más de 20 minutos dando vueltas por el clásico laberinto de setos. Lo siento, pero estos lugares sacan a relucir mi lado más impaciente, sobre todo si uno lleva pantalón largo bajo un simpático sol de 32 grados.

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Los jardines son bonitos, aunque no me llena demasiado el ver imitaciones de otras culturas. ¿Quién se viene a Kioto, Beijing o Shanghai?

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Recomendable para quien desee pasar una mañana agradable paseando por unos cuidados jardines, aunque no lo aconsejo si no se dispone de demasiado tiempo en la ciudad.

Wannsee

Wannsee es el destino por excelencia del verano berlinés. Se trata de un lago situado a las afueras de la ciudad, en la zona oeste. En él se encuentra la playa más famosa de todo Berlín. Para una persona como yo, nacida en Alicante, es difícil no sacar el lado más crítico con esta experiencia.
En primer lugar, debido a la enorme popularidad y la escasez de lugares como este, se cobra una entrada de 4,5 euros. Para ello alegan ofrecerte servicios que en España son completamente gratuitos (aseos, limpieza de la playa, etc), ya que para conseguir la bandera azul tienes que ofrecerlos sin coste alguno.
En segundo lugar, no resulta demasiado agradable pisar fango en lugar de arena al adentrarte en el agua. Tampoco lo es tocar con los pies algunos restos de árboles o que el agua sea turbia y verde. Parece que en cualquier momento va a aparecer un cocodrilo y te va a arrancar una pierna de una dentellada.
No todo es malo, por supuesto. Te bañas a escasos metros de algunos cisnes, el agua no es salada, hay árboles en la misma playa y el paisaje es bastante diferente.
Pese a ello, es un lugar artificialmente creado para imitar lo que en casa tenemos y podemos disfrutar, a veces sin valorarlo demasiado (aunque no soy un gran amante de la playa, todo hay que decirlo). En resumen, ahora entiendo un poco mejor por qué a los alemanes les vuelve locos la costablanca.

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Lisboa – Diciembre de 2010

Resulta difícil de comprender como una ciudad tan relevante históricamente y -a la vez- tan cercana, no suele ser uno de los primeros destinos extranjeros a los que se lanzan los viajeros españoles. En algunos casos será por cuestión de prioridades, aunque me aventuraría a decir que en otros es por desconocimiento de lo que esconde la ciudad. Yo me situaba en el segundo.

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En primer lugar he de destacar un lugar por encima de todos. El parque más importante de toda la ciudad. MI parque. Bueno vale, no está nombrado así en mi honor… es por un tal Eduardo VII. Un tipo mucho menos importante que yo, claro está. ¿Él tenía un blog? ¿no, verdad? Pues ya está.

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Ahora en serio, recuerdo que lo que más me gustó fue la Torre de Belém, junto al Monasterio de los Jerónimos. Sé que no soy demasiado original, son los dos patrimonios de la humanidad declarados en Lisboa.

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Entre ambas construcciones se encuentra el Monumento a los Descubrimientos, situado a orillas del Tajo.

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El monasterio es realmente bonito. Una pena que por aquel entonces todavía no dispusiera de mi Canon.

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El Elevador de Santa Justa es otra de las construcciones emblemáticas de la ciudad. Merece muchísimo la pena subir de noche, como se podrá observar en posteriores fotos.

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La postales más clásicas de la ciudad suelen tener una estampa parecida. Uno de sus emblemáticos tranvías amarillos ascendiendo por una de sus escarpadas y estrechas calles.

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El Castillo de San Jorge se alza imponentemente sobre la ciudad. Sin embargo, cuando escribo juntas las palabras castillo y ciudad, sólo puedo pensar en un lugar: Edimburgo.

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Por la noche diría que la ciudad hasta gana puntos, especialmente si una de esas noches es nochevieja. Eso sí, en la Plaza del Comercio tuve una sensación similar a cuando estuve en la Puerta del Sol. Había casi más turistas que nativos. Aún así, fue una bonita experiencia. Una lástima que no vaya a estar en Berlín para ver el final del año frente a la Puerta de Brandenburgo.

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En definitiva, no es la ciudad más bonita de Europa, pero creo que la capital de nuestros queridos vecinos bien se merece muchas más visitas de las que recibe.

Muse – Berlin

Hace prácticamente un año me encontraba en Bilbao cumpliendo un sueño. Radiohead es una de mis bandas cabeceras, y nunca les había podido ver en directo. Ver a Thom Yorke y compañía tocar Karma Police y Paranoid Android, es una de esas cosas que se le quedan a uno clavadas en la retina. Pero 2012 no sólo fue el año de Radiohead: El histórico concierto de Springsteen en el Bernabéu, Dream theater, Metallica, Jethro Tull, Wilco, Soundgarden, Vetusta Morla tres veces (incluyendo el concierto con la Orquesta Sinfónica de Murcia), LowCost Festival… Un año difícilmente superable.
Sin embargo, 2013 no se está quedando muy atrás. En apenas un mes he vivido cuatro noches mágicas: Eric Clapton, Rush, Paul McCartney… y Muse.
Menuda tarde-noche que nos ha brindado hoy el grupo inglés. He de decir que, hasta las pasadas navidades, no había profundizado demasiado en la discografía de Muse. Desde entonces, su música me ha acompañado durante innumerables kilómetros de asfalto. Eso hace que uno le coja un cariño especial al grupo (lo mismo me ha pasado con Sigur Rós).
Ya desde el espectacular comienzo con Supremacy y Panic Station, se dibujaba en mi rostro una enorme sonrisa. Después han caído Hysteria, Knights of Cydonia, Time is Running Out y Plug in Baby; mis cuatro canciones favoritas del grupo. Hoy he saltado como hacía mucho tiempo que no saltaba. He disfrutado cada segundo, hasta la última nota de Starlight.

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He de resaltar que el público alemán hoy sí que ha estado de 10. Por ponerle alguna pega al concierto, no ha llegado a las dos horas y no han tenido excesiva comunicación con el público. Pese a ello, son dos detalles sin importancia en una noche para enmarcar.
En menos de un mes será el turno de Roger Waters en Praga, y en noviembre Sigur Rós, ya en Frankfurt. Alguno más caerá, porque vivir en Alemania es un privilegio para un melómano. Una sangría, pero un auténtico y maldito privilegio.

Setlist:
Supremacy
Panic Station
Supermassive Black Hole
Bliss
Resistance
Interlude
Hysteria
Animals
Knights of Cydonia
Monty Jam
Feeling Good
Follow Me
Liquid State
Madness
Time Is Running Out
Stockholm Syndrome
Unintended
Guiding Light
Undisclosed Desires

Encore:
The 2nd Law: Unsustainable
Plug In Baby
Survival

Encore 2:
The 2nd Law: Isolated System
Uprising
Starlight

Londres – Diciembre de 2007

Nunca se me olvidará la primera vez que pisé Londres. El avión aterrizó en el aeropuerto de Gatwick a la medianoche, por lo que llegaríamos a Victoria Station cerca de la una de la mañana. Yo, o mejor dicho, mi versión pichona de 21 años, estaba preocupado por llegar tan tarde. Estaría oscuro, no habría gente en las calles… es decir, me imaginaba un entorno peligroso. Por supuesto, mi sorpresa fue mayúscula al salir de la estación: las calles estaban igual o más vivas que en Alicante durante el día.
En ese momento, además de reírme de mi ignorancia, decidí que, cuando pudiese, intentaría irme a vivir a una gran ciudad. Una de esas que nunca duermen. Una como Berlín. Al final me vine aquí, pero estuve cerca de irme a Barcelona o a la misma Londres. En un futuro, no me importaría pasar una temporada en cualquiera de las dos. De momento a partir de septiembre me voy a trabajar a Frankfurt am Main, que no está nada mal tampoco.
Volviendo a la capital de Gran Bretaña, no sé si me gustó tanto porque era -tras Roma- la segunda gran ciudad extranjera que visitaba. Supongo que algo afectaría la falta de competencia en mi memoria. Aún así, es innegable que es una de las ciudades más interesantes de Europa. La zona del Parlamento, Trafalgar Square y el Támesis, es una de las más emblemáticas del viejo continente.

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En el London Eye tuvo lugar el primer episodio de mi larga y tortuosa relación con el vértigo. Es caro de narices, pero merece la pena subir. La entrada a la abadía de Westminster, pese a ser también realmente cara, es otra de las visitas imprescindibles de la ciudad. La estupendísima National Gallery permite dar un respiro a las carteras, ya que es totalmente gratuita.

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Bajo mi punto de vista, Londres ha sido la ciudad más importante en la historia de la música moderna. En nuestro viaje, nos acercamos a dos lugares emblemáticos de la música británica. La Battersea Power Station, protagonista de la portada del Animals de mis amados Pink Floyd, y los Abbey Road Studios. Poder ver el edificio en el que se grabaron discos como Sgt. Pepper’s, Abbey Road, The Dark Side of the Moon, Wish You Were Here, Ok Computer… indescriptible.

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Lógicamente, el módulo de comando del Apolo X no está tras esa puerta de los Abbey Road Studios, sino en el Museo de la Ciencia. Una lástima que sólo pudiéramos adentrarnos unos pocos metros (llegamos cuando iban a cerrar), porque tiene pinta de ser un museo increíble.
La Catedral de St.Paul’s, el Millennium Bridge y la Tate Modern, conforman otra de las zonas más interesantes de la ciudad.

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Sobre el Támesis, con la City y la Torre de Londres al fondo, se levanta el otro gran emblema de la ciudad, el Tower Bridge, uno de los puentes más famosos del mundo.

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Cerca de la navidad, como era en nuestro caso, las noches son más luminosas. Sobre todo si disparas el flash contra un carrito de bordes reflectantes.

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Otro de los puntos fuertes de la ciudad son sus parques, entre los que destacan Hyde Park y St. James Park, con Buckingham Palace al fondo.

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Nuestro alojamiento estaba situado junto a Piccadilly Circus. En el viaje también hubo espacio para Camden Town, un mercado no demasiado destacable, y la vibrante noche del Soho. El gran fail del viaje fue una visita improvisada e infructuosa al Observatorio de Greenwich. Lo mejor es que hoy, después de casi 6 años, me doy cuenta de que estuvimos a 100 metros del observatorio. Al menos vimos la Universidad de Greenwich…

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Para terminar esta entrada, la visita más larga del viaje, el mejor museo de Europa: el British Museum. Nada que decir. Bueno sí, una cosa, es gratis. Bravo por los británicos.

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Londres es una ciudad imprescindible, situada entre lo más alto de mi Top 5 europeo. Espero volver pronto, han pasado varios años y pocas ciudades están tan bien conectadas como la capital británica. Desearía que ese futuro retorno tuviera incluido, como plan estrella, un paseo de 42.195 metros por las calles de la ciudad.

Viena – Julio de 2009

Los europeos, especialmente aquellos a los que nos gusta viajar, somos unos verdaderos privilegiados. En el viejo continente, no sólo se encuentran algunos de los espacios naturales más bellos del planeta (Alpes, fiordos noruegos, Islandia, Dolomitas, Highlands…), si no que no existe otra región en el mundo en la cual, en un radio tan “pequeño” de kilómetros, exista tal cantidad de ciudades extraordinarias. La larga -y a la vez turbulenta- historia de Europa ha dado origen a ciudades tan variopintas y destacables como Londres, Berlín, Praga, Edimburgo, París, Barcelona, Roma, Venecia, Florencia o, por supuesto, la ciudad de la música. Viena es una ciudad que, pese a no tener la misma popularidad que otras urbes, enamora a la gran mayoría de visitantes que le dan una oportunidad.

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Durante cinco días pude disfrutar de sus palacios, del Danubio, sus cafés y, sobre todo, de la atmósfera cultural que envuelve sus calles. Conciertos, museos, festivales al aire libre… Creo que es una ciudad que merece, como la que más, una visita relajada, con el fin de poder saborear cada una de las oportunidades que nos ofrece.

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El centro histórico de la capital austríaca se encuentra, al igual que el berlinés, dentro de un anillo. En la zona más al sur de éste, encontramos el museo Albertina y la Ópera de Viena. El primero es un museo realmente interesante, con pinturas de Degas, Monet o Renoir; mientras que el segundo edificio no necesita presentación.

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Otro de los lugares destacables de la ciudad es el Prater. Al que le guste un poquito el cine, le será fácil reconocer la gran atracción de este parque. Carol Reed, Graham Greene, Orson Welles, Joseph Cotten y una noria. Una de las escenas cumbre del séptimo arte. Obra maestra.

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Esta entrada, al contrario de la gran mayoría, no sigue ningún orden cronológico. El último día en Viena visitamos la Hundertwasserhaus.

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La Catedral de San Esteban es una de las más originales y bonitas que se pueden encontrar en el continente.

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Al este, el paso del Danubio se encarga de establecer los límites de la ciudad.

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Sus cementerios, testigos silenciosos de la época dorada de la capital austríaca, tuvieron el privilegio de convertirse en los lugares de reposo eterno de algunos de los genios más grandes de la humanidad.

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Al norte del anillo se encuentran los edificios del parlamento y del ayuntamiento. En la plaza de este último, tiene lugar cada verano un festival en el que diariamente, durante más de dos meses, se proyectan óperas y conciertos.

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En Viena se encuentra el palacio de Schönbrunn, uno de los más bonitos de toda Europa.

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El palacio del Belvedere, además de ser un edificio realmente elegante, alberga una interesantísima colección de pintura, en la que destaca, por encima de todas sus obras, El Beso de Gustav Klimt.

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La que va ser mi próxima residencia a partir de septiembre, Frankfurt am Main, posee vuelos directos a Viena por 70 euros ida y vuelta. Muy raro sería que no volviera a visitar durante 2014 esta maravillosa ciudad.